viernes, 3 de agosto de 2012

La flor de mi secreto

Flor de noche. Una creación que casualmente coincide con la luna llena del día  1/8/2012. Y lo hace de noche, aunque esta situación no desmerece la belleza que la encubre.

Sus pistilos, sépalos y demás triglifos y metopas hacen de ella la maravilla más deseable de este mundo.

Entre sus dedos, el cactus, elige uno, y concentrando toda su sabia savia, emerge la flor de un día, canto andino, insuperable belleza. Sabe ella que su vida está determinada por la cuarta dimensión.

Pero no morirá. Quedará en el recuerdo. En mi recuerdo. En la inmortal fotografía que  lees y miras.

Se abren sus pistilos al océano de noche y luna que contempla atrevida.

Y le brindo una escalera para que suba al cielo. Que su tránsito no sea angosto.

35 cm. de diámetro que contienen el fin y el principio, la vida y la muerte,  el juego y la luz,  la nostalgia antes de su partida, el todo en una rueda de pétalos tan blancos como la imaginación alcanza.

Y no podía haber nacido sino de un cactus octópodo. Señal de inteligencia y de maraña y de claridad. Si la virgen lo hubiera sido y  el blanco su seña de identidad, celos hubiera tenido de la terciopelada blancura, presencia de la enorme madre flor en el cactus que la contiene.

Nace el día y la sorprende abierta. Completamente viva. Rodeada de todo y rodeándolo todo. Cantando esas canciones que solo los sordos al mundo oímos.

Toda ella se entrega al mundo abriendo sus órganos sensoriales que la diferencian en su posibilidad de sensaciones del bruto y vulgar humano que la encubre.

Emerge su clítoris entre la corona de ángeles que la contiene. Ha nacido una estrella fugaz y su presencia inunda mi mundo.

Cada cuatro años mi cactus reproduce la luz de la creación.

Cada cuatro años, tras un día de vida, muere ante mis ojos que  anegan lágrimas,  y secos de párpados que no se cierran por no perder un segundo de su eclosión, vida y muerte.